Espejismos

“Ready player one” es la nueva película de Steven Spielberg que se estrena hoy, valiéndose de un inmenso videogame producto de la realidad virtual, que podría terminar dominando la escena mundial, superando cualquier barrera cultural, social o política conocida.

Steven Spielberg convoca a la nostalgia de la últimas décadas del siglo XX en su nueva película “Ready player one” que se estrena hoy, valiéndose de un inmenso videogame producto de la realidad virtual, que según observa en perspectiva como mediados del siglo XXI, y por obra de las corporaciones, podría terminar dominando la escena mundial, superando cualquier barrera cultural, social o política conocida.

El tema, que encara desde lo espectacular, con un minucioso diseño de arte, aporta algunos apuntes que, para un hombre del mismo poder como Spielberg, y en el orden de lo simbólico, devienen desafiantes porque abordan un futuro distópico en el que la supervivencia y el deseo se subsumen a un descomunal videogame, del que nadie, en medio de la crisis, parece poder escapar.

 

 

El filme cuenta con las actuaciones de Tye Sheridan que encarna al protagonista Wade Watts, Olivia Cooke, Ben Mendelsohn, Mark Rylance y Simon Pegg, entre otros actores.

El videogame Oasis es de rol multijugador masivo en línea (los MMORPG, sigla en inglés de “massively multiplayer online”) es el escenario de un mundo paralelo en donde tiene lugar buena parte de la vida de la mayoría de los mortales, forzados por la misma megaestructura del poder económico a refugiarse en enormes favelas puro metal, con códigos típicos de barrios de emergencia.

Apiladas en torres gracias a estructuras estilo mecano, los containers-pocilgas albergan a hombres y mujeres, grandes y chicos, forzados a pelear día y noche por sus necesidades básicas, provenientes a medias de ese juego que juegan hace rato, hipnotizados por una zanahoria que cuelga a centímetros de sus ojos pero que es muy difícil, casi utópico, poder alcanzarla nunca.

 

 

Spielberg tiene 71 años y una fortuna que supera los 3,6 billones de dólares, una edad en la que ya no se puede perder el tiempo, frente a leyes de oferta y demanda cada vez más impiadosas, y al igual que su colega Martin Scorsese, apenas mayor que él, descubrió que era hora de escribir los capítulos decisivos de su extensa, valiosa y variopinta filmografía, propia y ajena.

Scorsese le ganó de mano al presentar hace siete años “Hugo”, una excusa para homenajear a toda la historia del cine, pero Spielberg no se quedó con las manos vacías porque el novelista Ernest Cline escribió, hace siete años un relato con intenso aroma a guión potente también un homenaje en perspectiva reciente, al cine, y a los exponentes del cine y el videogame.

El planteo que tiene que ver con la generación de sus hijos-nietos, impone una visión nada piadosa del futuro de la humanidad (mucho más intensa en el libro) del mismo capitalismo al Spielberg pertenece, y lo hace con toda la fortuna -intelectual y por descontado económica- que tiene a su mano, desplegándola en cada imagen recargada que sigue a la otra, en una carrera desenfrenada.

El libro de Cline, que puede ser traducido en forma literal como “Listo Jugador 1”, transcurre en el año 2045 cuándo un mega millonario, mezcla de Bill Gates con el cientifico Emmet Brown de “Volver al futuro”, el creador de Oasis, una “escotilla de escape a la felicidad”, muere y deja su herencia escondida dentro de su propia obra, a la que sólo podrá acceder el jugador más avezado.

Sin embargo, no será tan sencillo como parece en un mundo en donde la gente vive hacinada y todos trabajan cómo “gamers” en ese mundo virtual, en el que juntan monedas cada vez que liquidan a un enemigo y a la vez se endeudan cada vez que son alcanzados por las armas de sus contrincantes.

Una empresa competidora utiliza a los jugadores endeudados en las ciberbatallas como sixers, esclavos peleadores que no descansan con tal de cubrir sus saldos negativos y volver a su vida en una libertad precaria, algo que por lo visto es bastante difícil cuando no imposible en ese mundo del no-futuro, donde no asoma la política, porque en el planeta Tierra, la única opción es “evadirse”.

 

 

El protagonista de esta historia es uno de esos chicos que han vivido toda su vida delante de un monitor- o como ya en en el presente, con sus anteojos de visión 360 grados y un ajustado uniforme linkeado, que lo convierte en un avatar que puede moverse con libertad en ese universo en el que todo es absolutamente posible, como si fuese una “realidad real” y no una fantasía digital hiperrealista.

Spielberg sabe como unir un relato literario narrado en primera persona, muy entretenido y lleno de referencias, con la trama perfecta que lo justifica, ideal también para quienes se formaron, crecieron y llegaron a adultos con joysticks en sus manos -alucinógenos legales secos y limpios- en medio de un mundo cada vez más corrupto, conflictivo y contaminado, camino a una segura autodestrucción.

Es difícil dimensionar si el director de gemas como “Tiburón”, “Encuentros cercanos”, “Indiana Jones”, “La lista de Schindler”, “Minority Report”, así como otras, con idas y venidas, consigue esta vez lo que busca, que el protagonista -el desasosegado Wade Owen Watts y su avatar Perceval- sea el chico con el que todos podamos identificarnos, en un mundo cada vez menos esperanzado.

El resto es saber como poder armar el cóctel de homenajes a obras tan diferentes como “El ciudadano” y “Willy Wonka y la fábrica de chocolates”, “King Kong”, “El resplandor”, “Alien, el octavo pasajero”, “Volver al futuro” y “El gigante de hierro”, entre las más identificables de una gran lista, pero también a una inacabable diversidad de videogames y guiños para cinéfilos y nostálgicos.

El ritmo de tiempo real es demoledor, y en eso es clave el diseño de la trama pero también de imágenes con cientos de personajes y artefactos que se mueven a lo largo de un camino (de paso también es una road-movie), por el que corren una carrera y a la vez resuelven la estrategia -los “huevos de pascua”- que le permitirán acceder a tres llaves que son claves para alcanzar la meta.

La gráfica puede recordar tanto a viejos juegos como Pac-Man y Robotron o a la saga de “El Señor de los Anillos”, las bromas se superponen y terminan escapándose incluso a los más atentos, con excepción de algunas memorables, como el cubo de Rubik que aquí es el “de Zemeckis” y permite viajar un minuto atrás en el tiempo de esa especie de “Matrix”, para resolver cualquier error cometido.

 

 

Es imposible llevar registro de las citas de esta búsqueda de un Santo Grial de la cultura pop, desde la Commodore 64, Buckaroo Banzai y la serie “Cosmos” hasta Freddy Krueger, G.I. Joe, Godzilla o “Street Fighter”, y las filosóficas-literarias más de medio centenar, entre ellas a textos de William Shakespeare, Kurt Vonnegut, Stepehn King, Ray Bradbury, J.R.R. Tolkien, y Anthony Burgess.

Ahí está Spielberg con todos sus ingredientes actualizados a su manera, con su homenaje al cine y a la nueva estética y dinámica aportada por los videogames a la cultura millennial, con la siempre precisa fotografía de Janusz Kaminski, y esta vez las acertadas elecciones de Tye Sheridan; Mark Rylance como el propietario del Oasis y su avatar Anorak, y Olivia Cooke, como Olivia y su avatar Ar3mis.

 

(Télam)